lunes, 11 de julio de 2016

EL ORIGEN DE LOS LOGOTIPOS



Cuando Moisés abre las aguas del mar Rojo, se inaugura el primer acuario público. Mientras los niños cruzan a la otra orilla, miran y tocan asombrados, toda clase de peces y moluscos, los maestros aprovechan la ocasión, para ir enseñando a sus discípulos una clase práctica de ictiología: tiburones, mantarrayas y tortugas, meros y barracudas, anémonas y payasos, almejas y caracoles.

Entre esos niños se hallaba Jonás que impresionado por el espectáculo submarino que solo ellos habían podido ver, se convirtió en pescador. 

Esa afición la transmitió a Pedro o Cefas, su hijo, que sería luego discípulo de Jesús.


De ahí viene la figura del pez que usaban los cristianos como sello distintivo, para identificarse al huir de la persecución de los romanos. Es utilizada hasta la actualidad en la culata de los automóviles.

domingo, 10 de julio de 2016

NARCISO O JACINTO



 La vista desde el octavo piso del edificio Apolo era maravillosa. A sus pies el río serpenteaba por entre los prados armoniosamente diseñados, salpicados por macizos verdes de coloridas bayas.

El amanecer a esa altura era tranquilo y silencioso.

En el interior del departamento reinaba una olorosa penumbra a incienso y jazmines.

El visillo dejaba traslucir una débil luz mañanera y una sutil brisa hacía intentos para ingresar en puntas de pies.

Afuera el rocío empezaba a evaporarse formando circunvoluciones luminosas alrededor de las aves mañaneras, cuando Jacinto optó por abrir los ojos. Él jamás se despertaba, siempre prefería hacerle el favor a la humanidad de disfrutar del espectáculo que significaba contemplarlo.

El enorme espejo que lo cubría durante el sueño, le devolvió desde el cielo raso la imagen soñada de un hombre perfecto. Una contextura atlética increíble, una cabeza digna de modelar para un escultor de la Grecia clásica, un aroma a jardín floreciente, un estilo insuperable al despertar; y una sonrisa fingida, pero muy blanca que opacaba los primeros rayos del sol.

El espejo de cuerpo entero, atrapó su esplendor en cuanto se hubo puesto de pie. Siempre pensó que el dinero que había recibido de CK por ese comercial de ropa interior estaba más que devengado. Sabía que él era el causante de la epidemia de dolor de cuello que había aparecido en la ciudad. No existía mortal que se cruzase en su camino, que no regresase a verlo.

Incluso él reconocía ese problema cuando tenía que salir de compras y su reflejo en las vitrinas de los almacenes le llamaba tanto la atención que no le quedaba más que regresar a ver para admirarse.

No es que creyera que su belleza física era incomparable. No.

Él sabía que su exterior no era todo lo que sus fanáticos admiraban, era solamente la cubierta, el estuche. Porque quienes lo conocían bien, nunca dejaban de ensalzar sus cualidades: su inteligencia, su modestia, su generosidad, su paciencia, su sentido del humor, sus buenos modales, su confianza, su desparpajo, su chispa, su ingenio y sobre todo su humildad.

…

Como con el Narciso griego, las jóvenes perdían la cabeza por Jacinto y su engreimiento era semejante al del mito helénico.

Esa imagen admirada por propios y extraños, por hombres y mujeres tenía su costo. Eso significaba mucho trabajo diario en el gimnasio y la bicicleta. Un cuidado meticuloso en la alimentación. Y una selección muy cuidadosa de su vestuario.

Tenía grandes aspiraciones y las conseguiría si seguía con paciencia un programa que se había trazado hace mucho tiempo.

Por lo pronto, antes de convertirse en un dios vernáculo, se aburría trabajando para una empresa de publicidad, donde la mayoría de los clientes venían atraídos por su sex-appeal.

Estudiaba economía en la Universidad más exclusiva pues sus afanes eran llegar algún día a ser Presidente de la República, y para eso tenía que prepararse en todos los campos. Entre sus materias preferidas estaba el quechua, porque no tenía facilidad para el inglés. En cuanto a la futura profesión, estaba convencido que sus cualidades histriónicas y su facilidad de palabra podía suplir cualquier falta de conocimientos. Además –decía- cuando llegas a un cargo de ese nivel, lo que te sobra es dinero para contratar asesores. 

Nadie te pide que demuestres que eres un buen economista mientras eres candidato. Y luego cuando ganas, nadie se atreve a dudar de tus conocimientos. Lo importante ahora es el cartón. El título que deberá anteceder a tu nombre en todas las referencias que los medios de comunicación hagan de tu persona.

…

Como todas sus compañeras en la universidad se desvivían por verlo en paños menores, tuvo que dedicarse a jugar fútbol. De esa manera él podía mostrarse y las féminas podían disfrutar gratis del espectáculo de admirarlo. Cada oportunidad que tenía de jugar al fútbol lo hacía con un entusiasmo inusitado y si por casualidad conseguía anotar un gol, lo primero que hacía era sacarse la camiseta, para poder brindar a sus fanáticas la ocasión de admirarlo en todo su esplendor. Era tal su entusiasmo, que hasta cuando sus compañeros convertían una anotación, era él el que se sacaba la camiseta. Incluso cuentan que alguna vez lo hizo con un gol de sus rivales, lo que molestó a unos y otros.

Se entusiasmó tanto por el fútbol, que se ilusionaba por jugar en el Real Madrid. Era el club de los narcisos y ahí jugaban dos de sus ídolos.

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Pero su futuro estaba en la política, cada sábado acudía a las reuniones convocadas por el Presidente y trataba de que su presencia fuera notoria, pero era difícil competir con el maestro. Ni su llamativo vestuario, ni sus poses fotográficas lograban sacar a la plebe del interés por los ataques presidenciales a los rivales y a los medios. Entonces decidió aprender; y no había sábado, dondequiera que se realicen las reuniones, que él no esté presente. Se hizo amigo de algunos miembros del círculo íntimo del Presidente, aunque otros empezaron a demostrarle unos celos que no podían disimular.

Cómo explicarles, que no era un peligro para ellos, que su interés no era llamar la atención del primer mandatario, si no de aprender de él. Sólo aprendiendo podría superarle.

Se mandó a confeccionar camisas bordadas con diseños indígenas, iguales a las del líder, usaba calzoncillos verdes y llegó a pintarse el pelo del mismo color, hasta que un día, muy sutilmente, la guardia personal del Presidente le insinuó que no era bien visto y que preferían que su ausencia fuera permanente. Antes de desaparecer, un sábado en la mañana, mientras el Presidente se dirigía a la multitud en la plaza de San Francisco se cruzó en la toma de la televisión y a la vista de todo el país en directo, le lanzó un beso.

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Tuvo que esconderse para proteger su vida y eso es lo peor que le puede pasar a quien sufre de narcisismo. Ser ignorado provoca la misma reacción química en el cerebro que cuando se sufre una lesión física. Y él no tenía quien le admire, encerrado en su departamento. 

Confundido por la frustración, después de haber permanecido escondido por tres semanas con temor de ser desaparecido, decidió entrar a estudiar cocina. En principio la idea era reemplazar al chef belga que trabaja en la Presidencia, pero al darse cuenta que eso era más difícil que ser secretario privado, desistió. Pero le había cogido el gusto a la cocina, entonces se dedicó a frecuentar los mejores restaurants de la ciudad y ahora escribe una columna gourmet en el suplemento dominical de un periódico local.

…

Ha envejecido, pero su ego no pasa un día y aprovecha todas las oportunidades que le brinda la vida para asistir a cocteles, inauguraciones, bautizos o lanzamientos de libros, para demostrar toda su sapiencia en música, deportes, comida, lenguas y literatura. 

Solo le falta ser adivino para parecerse a su homónimo griego. Y no queda allí, pues si encuentra una señora interesada en la jardinería, antes de que cante un gallo sabrá explicar la mejor manera de podar un bonsái o injertar un naranjo.

Pero llegará un día en que el castigo de Némesis se cumpla y él termine como Narciso embobado en su propia imagen.

Mientras tanto comprará otro espejo para su colección.




sábado, 9 de julio de 2016

ODA AL DADO



Eran las nueve de la mañana y empezaba el día con mala cara. Nunca había tenido una resaca como esta.  A su lado, fríos como piedras y pálidos como albinos, se hallaban sus cuatro hermanos, tirados sobre el tapete verde. Era un espectáculo deplorable.

¿Dónde estaba? 

Su cabeza era un torbellino. No lograba recordar a sus padres. Solo sabía  que eran cinco hermanos que vivían en un cubilete de cuero rústico en un pueblito llamado Hindenburg, conocido también como  la Generala.

Nunca habían ido a la escuela, porque los de su clase tenían prohibido el ingreso a los centros educativos. Sin embargo la formación que recibieron en casa los convirtió en individuos muy pulidos. Eso, a pesar de ser considerados necios, cabezas cuadradas.

Siempre estaban juntos,  tanto que si alguno por accidente se extraviaba, ponía a correr desesperadamente a los demás. Tenían una vida solazada. Pero la paz no es eterna y para ellos normalmente duraba una semana.  Si estaban de suerte eran quince días. Pero cuando llegaban los sismos,  empezaba la locura.

Era la etapa de la turbulencia y el terror. La casa era sometida a sacudidas interminables que alternadas con calmas pasajeras, duraban cuatro o cinco horas. Era insoportable sentir las permanentes vibraciones, el golpeteo y el ruido, y luego el rodar cuando la casa se venía al suelo.

Así habían transcurrido sus vidas, en una constante desazón entre la paz y la guerra. Una guerra además fratricida pues la pelea a golpes era entre hermanos. Ni siquiera sabían por lo que peleaban, pero en cuanto empezaban los sismos se empujaban unos a otros y eso duraba hasta que todos caían abatidos  y la casa quedaba patas arriba.

La relación con sus hermanos era permanentemente agresiva, diría que hasta chocante. Sin embargo nunca se separaron.

Desgraciadamente, uno no elige su destino. Si así fuera hubiera preferido dedicar su vida al billar, al ajedrez o al piano.

Sin embargo los cinco tuvieron que resignarse a esa vida. Y todo estuvo bien hasta la noche anterior.

Como casi todos los viernes habían asistido a una reunión, pero en ésta hubo excesivo consumo de licor. Normalmente ellos no estaban acostumbrados a beber, pero la noche se alargó y alguno de los presentes se pasó de copas y las tomó contra ellos. Si, contra todos, y llevado por la emoción y el alcohol, les escupió el licor en las caras antes de lanzarlos estrepitosamente a rodar.

Y nadie recuerda más, sólo la celebración estrepitosa de los gigantes.

Ahora nadie se reconoce. Una sola noche de borrachera y él y sus hermanos han perdido los puntos distintivos por el contacto con el alcohol y han terminado como simples cubos irreconocibles.

Era el fin de una vida dedicada al juego y el libertinaje.

El de la transformación final de dados idolatrados en simples cubos de marfil.


viernes, 8 de julio de 2016

ALMUERZO METÁLICO



Cuando Robit se sentó a la mesa, supuso que algo raro estaba pasando.

El restaurador de doña Zoila era uno de los más prestigiosos del pueblo, por eso acostumbraba almorzar allí todos los días.

Pero, a diferencia de otras ocasiones, la mesa lucía poco generosa: a duras penas sobre la plancha de acero inoxidable corrugado se apreciaba un triste plato blanco de cerámica con un puñado de pernos, tuercas y arandelas. Nada más.

Él, a pesar de su origen chatarrero y su avanzada edad, era alguien de buenas costumbres y estaba acostumbrado al buen trato y al mejor servicio.

Sin más vueltas pidió al muchacho que lo atendió que llamara a doña Zoila.

La dueña vino cargada de paciencia porque no era la primera vez que Robit le causaba problemas. Era una alemana grande, acuerpada, vestida con un overall azul y protegida por un mandil que algún día fue blanco. Clavando sus penetrantes ojos verdes sobre el cliente, levantó la cabeza mientras limpiaba sus manos de grasa en el mandil.

—Doña Zoila, usted sabe cómo aprecio su trabajo. Soy su más ferviente admirador, su más efusivo publicista. Llevo viniendo casi un año a diario cada medio día. Siempre he pagado en metálico mis consumos y según la planilla mensual que me ha cobrado por anticipado, el valor de los almuerzos no ha variado. Pero veo que hemos alterado la cantidad y la calidad del servicio.

—Fíjese en esta mesa, es la de siempre, pero me han servido un mísero plato de tuercas y tornillos. No veo, como otras veces el acostumbrado aceitero con mi lubricante preferido, el que usted sabe he utilizado todo el tiempo. Tampoco mi galón de combustible extra que está incluido en el precio. No me quejé la semana pasada cuando me sirvieron el aceite sin el filtro acostumbrado.

—Dos simples llaves junto al plato no son suficientes para mi consumo. No es que yo me sobreestime ni me dé aires exagerados de gourmet, pero siempre me han puesto una llave allen, una ratchet  y un destornillador adicional. Por lo menos una franela limpia me ponían antes. ¿Qué significa todo esto? ¿Qué ya no me quiere de cliente? ¿No se acuerda que soy el secretario general del Sindicato y que si yo dejo de venir todos los días, puedo hacer que nadie más venga a consumirle?

— ¿No se sobreentendía en el acuerdo que tuvimos que el almuerzo consistía de tres platos: una simple sopa de alambre de cobre o de otro tipo, un plato fuerte que al principio consistía en un buen par de bisagras, una biela o una válvula y de postre una bujía?

—Agradezca que soy un viejo robot de primera generación, que todavía consumo tuercas y tornillos o de lo contrario tendría serios problemas. Si estuviera tratando con alguno de los nuevos que han llegado al sindicato me imagino que a la primera desatención como esta,  alguien vendría a medirle el aceite.

Sin cruzar media palabra y sin levantar la vista de la lata parlante, Doña Zoila hizo una llamada por su celular:

—Supervisor del Hierro, ¿podría mandar a alguien a retirar a Robit de mi restauradora?, parece que perdió un tornillo.



jueves, 7 de julio de 2016

AMANECER QUITEÑO




  
A las cinco y cuarenta y cinco de la mañana, las heladas campanas de las iglesias de la calle de “las siete cruces”, rompen el conventual silencio de la ciudad llamando a misa, y el día empieza a clarear. El centro histórico de Quito con su hermosa cara lavada por el rocío de la madrugada acoge a los contados transeúntes que deambulan por sus aceras, con ráfagas de viento helado que se cuelan por las nucas y los tobillos.

Las últimas farolas encendidas se reflejan en los trémulos espejos del pavimento, y el silencio solo es roto por el eco de los repiques y el resonar de apurados pasos arrepentidos que se enrumban a las iglesias.

Aún queda en el ambiente el olor de las nostalgias, amalgamado con las colaciones de maní y el Mallorca Flores de Barril del día anterior.

Con su caminar cansino y el roce apagado de sus hábitos azules, dos monjas meditabundas con blancas palomas en las cabezas, siguen su ruta diaria hacia la Iglesia de San Agustín.

En el camino, al ritmo de un sanjuanito, baila el diablo, habitante permanente del sector desde la época colonial, que encarnado en el espíritu etílico de tres borrachos, las persigue insistentemente sin esconder sus fines libidinosos.

— ¡Guapa monjita! Si hasta la bebida dejaría por casarme con usted.

— ¡No le crea monjita, lo mismo le decía a mi hermana y ya le ve cómo anda descarriado!

— ¡No te metas baboso, o nunca más te invito a chupar!

— ¡Enseñe el tobillo monjita!

El olor a pan recién horneado les roba la atención, y aprovechan las monjas para huir despavoridas, como todos los días a la misma hora. Ese es su sacrificio, su flagelación diaria y eso las hace más puras a los ojos del señor.

Eso es lo que les dice el cura cuando van a confesarle los pecados. Pero en ese devenir diario, el mundo se les va metiendo en las conciencias por ojos, oídos y narices, y el diablo les serrucha el piso a la fe, a la castidad y  a la vocación, para sembrar diminutos retoños de curiosidad y fantasía mundanas. A veces recuerdan que la deficiente educación recibida en su infancia, producto de su pobreza heredada, las llevó al convento a penar, por una lamentable confusión de conceptos. O de conceptas.

Puede ser que nunca dejen los hábitos, que se mantengan en el claustro hasta su muerte, pero esos coqueteos diarios con el pequeño infierno de las desiertas calles quiteñas a la madrugada, son como los gusanos de las manzanas, que pueden estar sembrados en la pulpa, pero que nadie los ve sino cuando se muerde de su jugoso fruto. Y eso, ellas no están dispuestas a permitirlo. —Qué haciendo.

Bueno, lo piensan. Lo piensan cuando están rezando las cincuenta avemarías de la penitencia. Cuando está por vencerles el sueño tempranero de la noche y lo piensan todos los días cuando estrenan cómplices sonrisas mañaneras al salir a misa de seis de San Agustín.

El rumor creciente de los vehículos y los transeúntes, transforma esa cara gris de Quito; y el sol de a poco se roba ese encanto azulado que muy pocas personas pueden apreciar todos los días.

Hasta los barrenderos agradecen el despertar matutino de la ciudad andina que lleva a cuestas las raíces de costumbres que marcan su señorío. Las monjas y los borrachos, los niños de delantal blanco y los burócratas madrugadores, se confunden en una interminable paleta de colores que va descubriendo el sol mientras estalla contra muros y veredas.

A las nueve de la mañana, cuando ha logrado deshacerse del frío matinal, el diablo abandona a los borrachos para meterse en el Palacio de Carondelet.
…