sábado, 21 de marzo de 2015

LAS TORRES GEMELAS 9







CAPITULO 9


Una suite en el piso 17 de un hotel de lujo en la Quinta Avenida de Nueva York con vista al Central Park. Por supuesto que no supo reaccionar cuando el botones le entregó la llaves de su habitación y se quedó con la mano extendida esperando la propina a la que estaba acostumbrado. Pero Alex, estaba tratando de acomodar su mandíbula caída en el camino y disimuladamente con un pañuelo trataba de secarse las babas que se le escapaban por la boca abierta.

¿Cuánto tiempo estuvo parado en medio de la sala de la suite en esas circunstancias?. No lo sabía, pero el mismo tiempo estuvo el botones con la mano extendida. No hay quien le gane a un botones del Plaza esperando una propina. Alex busco unos sueltos, pero no traía monedas o por lo menos no las encontraba, y tuvo que darle el primer billete que encontró en su bolsillo: cuando vio que era de veinte dólares trató de arranchárselo, pero era demasiado tarde, nadie tiene las manos más rápidas que un botones del Plaza después de recibir una propina. Alex pensó que si le preguntaba por el billete, el tipo le diría que ya se lo había gastado. En esas circunstancias se resignó y en la contabilidad de esta misión anotó a pérdida esos veinte dólares.

Una suite que cuesta 2000 dólares diarios no es pelo de cochino, pero para Alex, cama es cama y baño es baño. Ahora lo que le interesaba era poner algo entre pecho y espalda. Pero no creo que aquí pueda conseguir una guatita o un yaguar locro, tendría que contentarse con un sándwich, y si era de pernil, mejor.

Como le había impresionado el lujo del Hotel desde el momento en que parquearon, pensó que lo más conveniente, si no quería hacer el ridículo, era cambiarse de ropa y mejor aún tomar un buen baño antes de bajar a comer algo.

Los baños de las suites del Plaza, eran enormes. Un poco anticuados para su gusto acostumbrado a los baños de los moteles de Quito, pero eran grandes y blancos aunque tenían la grifería dorada, algo que a él personalmente no le gustaba.

Pero las toallas si eran otra cosa, eran como grandes malvaviscos, igual los albornoces, solo de acariciarlos le maullaban. Entró a la ducha dispuesto a gastarse toda el agua de Nueva York, porque por lo que estaban pagando por esa habitación, podía gastarse toda el agua.

Se lavó el cabello tres veces con shampoo, por el sólo hecho de gastárselo, se jabonó hasta las uñas y usó tooodas las toallas para secarse. Eso era vida.

Se envolvió en un albornoz blanco como la nieve y suave como una gata angora, fue al dormitorio, se subió en la cama, era la más grande que había visto. Saltó dos veces, pero se detuvo pensando que había cámaras ocultas y que cuando vaya a la recepción lo iban a retar.

Se revolcó en esa cama, como cuando de niño rodaba en las laderas de césped del parque de la Vargas, frente a La Salle.

Cuando se despertó eran las cinco de la mañana, se moría del hambre y tenía sin abrir el sobre de instrucciones y ni se diga del DVD que le habían entregado ayer. Faltaban tres horas para tomar una determinación y una vez más sus instintos le habían jugado una mala pasada.

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