viernes, 15 de mayo de 2015

COMO JUBILARSE ANTES DE FALLECER 2



Para tener una idea de los cambios físicos que se habían dado en Quito, tenemos que ponernos en los zapatos del peatón que camina su ciudad, saludando respetuosamente como de costumbre con las personas que conoce por su diario transitar.

La ciudad se extiende al sur hasta la Villa Flora, (construida por la Seguridad Social) y la Magdalena. Y al norte hasta el Colegio Militar. El resto eran potreros dedicados  a pastar ganado y a algún tipo de agricultura de menor volumen.

El transporte público se lo había venido haciendo en tranvía desde 1914. Existían dos rutas: la una que iba desde Chimbacalle hasta el Cementerio de San Diego y la otra que recorría desde Chimbacalle en el Sur hasta la 10 de Agosto y Colón en el norte.

El Reglamento de funcionamiento de este servicio, nos da una idea de cómo era la ciudad a principios del siglo veinte:  “en ningún tiempo ni por motivo alguno podrán rodar los carros con una velocidad mayor que la de quince km por hora. El carro que anduviere con mayor velocidad será detenido por cualquier agente de Policía y el motorista o conductor será penado con una multa de diez a cincuenta sucres […]” Los conductores tenían la obligación de “anunciar, por medio de campanillazos, la partida y llegada de los carros, sea a las estaciones finales o a las esquinas de las calles, cuando tengan que detenerse en éstas para tomar o dejar pasajeros […]”

Ciertas normas fueron comunes a las que actualmente se mantienen o se debieran mantener en el servicio de transporte público, por ejemplo, estrictamente se prohibía “a los motoristas sostener conversación con los pasajeros o distraerse en lo más mínimo de la inspección de la vía y buen manejo del carro.” Asimismo era deber de los conductores el “cuidar del orden, moralidad y educación que los pasajeros han de guardar durante los viajes;  observar cultura y buenas maneras en el trato con el público y rechazar y despedir a los pasajeros que se presentaren en estado de embriaguez o en actitud ofensiva al recato y buenas costumbres, para cuyos casos y otros análogos solicitarán el auxilio de la Policía”. De igual manera se prohibía el “aceptar en los carros de los pasajeros, animales domésticos como perros, gatos y bultos voluminosos, malolientes, explosivos o peligrosos” Así como el “escupir o ensuciar los carros en cualquier forma que sea.”

Las tarifas también fueron establecidas por el Concejo Municipal y constituía desde la parroquia Alfaro hasta la de Benalcázar, en diez centavos por persona. Además, “el número de pasajeros en cada carro, no pasará de cincuenta por viaje.”  Desde la instalación del servicio, se pensó en la comodidad  y buen trato al pasajero, así lo expresa el artículo 18 del reglamento que dice: “toda queja de los pasajeros contra la Empresa o sus empleados se hará constar en un libro que, para este objeto habrá en cada carro.”

En 1921 fue construida una línea adicional desde la Avenida Colón hasta la aldea de Cotocollao en el Norte. Esta línea funcionó hasta 1928.

La primera  desde Chimbacalle hasta la 10 de Agosto y Colón, prestó servicio a la ciudad hasta 1948.








COMO JUBILARSE ANTES DE FALLECER 1




Corrían los años sesenta,  Quito era una ciudad maravillosa.

Un lento despertar hacia la modernidad iba moldeando una cara nueva a la franciscana ciudad. Los nuevos barrios del norte permitían abrir el paisaje hacia un cielo más grande, un aire más puro y una urbe más sana y organizada.

Ciertas obras construidas por el gobierno de Camilo Ponce Enríquez, con miras a la XI Conferencia Panamericana cambiaron el panorama quiteño y daba la impresión que desde el Parque de El Ejido se abría hacia el norte un horizonte a mejores tiempos que ponían un auspicioso porvenir  en el pensamiento de la juventud.

La pobreza física en que había vivido la ciudad debido a las luchas políticas de los últimos ciento treinta años, estaba siendo retocada, e inclusive la mentalidad del quiteño, conservadora y reprimida se trocaba en un lento pero seguro avance hacia un pensamiento más libre y escudriñador.

El centralismo que primaba en la época, impedía que los jóvenes de provincia tengan facilidades de acceder a la educación universitaria en sus respectivas ciudades. Entonces Quito, que contaba con tres magníficas universidades se convirtió en hogar estudiantil de muchos provincianos que en muchos casos terminaban extrayendo de sus orígenes a familias completas y convirtiendo a Quito en ciudad de chagras.

La población estudiantil se convirtió así, en segmento importante de la vida quiteña y las asociaciones de residentes en Quito, ocupaban un largo espacio en la guía telefónica de la ciudad.

Hubo un momento en medio de esos brillantes años sesenta (no sólo a nivel local, sino brillantes a nivel mundial), en que la chispa del ingenio quiteño, llevó a un grupo de nacidos en la capital, capitaneados entre otros por Humberto Jácome Harb, Jorge Landívar, Manuel Reyes y Patricio Espinoza Serrano a formar la Asociación de Quiteños Residentes en Quito, para poder tener un espacio vital en medio de esta convención permanente de afuereños.

Quito, era una ciudad sana, alegre. Soleada en las mañanas y lluviosa en las tardes, especialmente a partir del mes de Octubre. Su gente era educada, jovial, respetuosa. Religiosa por atavismo y curiosa culturalmente.

La Casa de la Cultura Ecuatoriana era el eje primigenio del quehacer cultural capitalino. Desde su creación en 1944 como respuesta a la vergonzosa derrota bélica a manos del Perú  y a la pérdida de la mitad del territorio oriental, tuvo el afán no solamente de desarrollar el potencial cultural de los ciudadanos, sino también de levantar una moral caída y buscar una brújula, lejos de la miserable historia política que habíamos arrastrado por ciento treinta años.

En medio de esta ciudad remozada, de espíritu emprendedor y sentimientos respetuosos de su acervo, nacen físicamente instituciones que tenían su historia, pero que no habían adquirido la preponderancia necesaria para acompañar un desarrollo lento pero claro hacia un futuro más organizado.

Una de estas instituciones es la Caja del Seguro Social, hoy conocida como Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social. Su flamante edificio, modernísimo para su tiempo se terminó de construir a principios de los años sesenta.

Aquí empezamos este recorrido breve y conciso, de circunstancias por las que todos hemos tenido que pasar. Unos con suerte y otros no. Como es el caso que nos ocupa hoy.



martes, 12 de mayo de 2015

JACINTO




El visillo dejaba traslucir una débil luz mañanera. Afuera el rocío empezaba a evaporarse cuando Jacinto optó por abrir los ojos. Él nunca se despertaba, siempre prefería hacer presencia ante el mundo, para que la mayor cantidad de personas pueda disfrutar del espectáculo que significaba contemplarlo.

El espejo que lo cubría durante el sueño, le devolvió desde el cielo raso la imagen soñada de un hombre perfecto. Una contextura atlética increíble, un estilo al despertar, insuperable; y una sonrisa fingida, pero muy blanca que opacaba los primeros rayos del sol.

Su imagen reflejada en el espejo de cuerpo entero, proyectó su esplendor en cuanto se hubo puesto de pie. Siempre pensó que el dinero que había recibido de Calvin Klein por ese comercial de ropa interior estaba más que devengado. 

Sabía que él era el causante de la epidemia de dolor de cuello que había aparecido en la ciudad. No existía mortal que se cruzase que no regresara a verlo.
Incluso él reconocía ese problema cuando tenía que salir de compras y su reflejo en las vitrinas de los almacenes le llamaba tanto la atención que no le quedaba más que regresar a ver para admirarse.

No es que creyera que su belleza física era incomparable. No.

Él sabía que su exterior no era todo lo que sus fanáticos admiraban, era solamente la cubierta, porque quienes lo conocían bien, nunca dejaban de ensalzar sus cualidades: su inteligencia, su modestia, su generosidad, su paciencia, su sentido del humor, sus buenos modales, su confianza, su desparpajo, su chispa, su ingenio y sobre todo su humildad.

Como con el Narciso griego, las jóvenes perdían la cabeza por Jacinto y su engreimiento era semejante al del mito helénico.

Por lo pronto, antes de convertirse en un dios vernáculo, se aburría trabajando para una empresa de publicidad, donde la mayoría de los clientes venían atraídos por su sex-appeal.

Estudiaba en la Universidad más exclusiva pues sus afanes eran llegar algún día a ser Presidente de la República, y para eso tenía que prepararse en todos los campos. Entre sus materias preferidas estaba el quechua, porque no tenía facilidad para el inglés.

Como todas sus compañeras se desvivían por verlo en paños menores, tuvo que dedicarse a jugar fútbol. De esa manera él podía mostrarse y las féminas podían disfrutar gratis del espectáculo de admirarlo.

Se entusiasmó tanto por el fútbol, que se ilusionaba por jugar en el Real Madrid. Era el club de los narcisos y ahí jugaba uno de sus ídolos.

Pero su futuro estaba en la política, cada sábado acudía a las reuniones convocadas por el Presidente y trataba de que su presencia fuera notoria, pero era difícil competir con el maestro. Ni su llamativo vestuario, ni sus poses fotográficas lograban sacar a la plebe del interés por los ataques presidenciales a los rivales y a los medios. Entonces decidió aprender; y no había sábado, dondequiera que se realicen las reuniones, que él no esté presente.

Se mandó a confeccionar camisas iguales a las del líder, usaba calzoncillos verdes y llegó a pintarse el pelo del mismo color, hasta que un día, muy sutilmente, la guardia personal del Presidente le insinuó que no era bien visto y que preferían que su ausencia fuera permanente.

Confundido por la frustración, decidió entrar a estudiar cocina, se graduó de chef y ahora escribe una columna gourmet en el suplemento dominical de un periódico local.

Ha envejecido, pero su ego no pasa un día y aprovecha todas las oportunidades que le brinda la vida para asistir a cocteles, inauguraciones, bautizos o lanzamientos de libros, para demostrar toda su sapiencia en música, comida, lenguas y literatura. Y no queda allí, pues si encuentra una señora interesada en la jardinería, antes de que cante un gallo sabrá explicar la mejor manera de podar un bonsái o injertar un naranjo.

Pero llegará un día en que el castigo de Némesis se cumpla y él termine como Narciso embobado en su propia imagen.

Mientras tanto comprará otro espejo para su colección.

viernes, 8 de mayo de 2015

RACISMO MUSICAL




Más allá del Uku Mayu de Arguedas, o del Huacayñan de Guayasamín, el racismo en América Latina es un problema que el tiempo ha ido desvaneciendo.

Las diferencias raciales han existido desde la llegada de los españoles a América, pero los extremos han ido quedando en el pasado, tapados por condiciones económicas que al haber adquirido primacía han permitido soslayar cuestiones raciales en el convivir social.

Podríamos decir que los latinoamericanos vivimos en gris, mientras en conglomerados europeos y norteamericanos, todavía existe el blanco y negro.

Todo esto a propósito de una noticia: después de desayunar, he leído en la prensa un dato sobre un caso de racismo policial en San Francisco, California.

Lo grave es que han salido a la luz pública mensajes de texto racistas escritos por 14 miembros del cuerpo de Policía de San Francisco.

Esto ha alterado mi fin de semana .Obviamente indignado, pero a sabiendas de que no puedo hacer nada a la distancia, he optado por lo más higiénico: me he ido a dar un baño.

Hasta ahí, nada extraordinario. El problema se ha presentado luego, cuando he bajado a trabajar.

Me olvidaba decirles que soy músico aficionado los fines de semana, y los sábados los dedico a tratar de componer en un antiguo Steinway, herencia de mi abuela materna.

De ella heredé la afición, aunque no la habilidad. Los dedos de mi abuela se deslizaban por el teclado como patines sobre hielo, las teclas la seguían, pegadas a las yemas.

Para mí fue más difícil, no sé si por un asunto de sensibilidad o producto de combinar el piano con el básquetbol, mis dedos no podían moverse con la placentera habilidad de mi abuela. Pero a pesar de todo y llevado por mi oído, pude aprender a ejecutarlo y un maestro me encaminó en la escritura de la música.

Por eso, porque mi oído me domina los fines de semana, paso las mañanas de los sábados, dedicado a componer. Nada extraordinario, pero melodías que tienen un aire chopiniano y que cuando las interpreto ante amigos y familiares me significan gratos momentos de reconocimiento.

Pero, hoy he tenido una desagradable sorpresa. 

Por un descuido he dejado el diario abierto en la página de la noticia racista sobre el piano. 

Cuando he bajado de mi habitación, no podía creer lo que estaban viendo mis ojos: el teclado era el escenario de la más pura manifestación racista que había visto en mi vida. Sobre una larga calle de madera de abeto que era la tabla armónica, se habían formado dos bandos claramente identificables, uno más numeroso, conformado por 52 teclas blancas, que trataba de defenderse usando la barra de un metrónomo y por el otro una minoría de 36 teclas negras, que a viva voz protestaba portando en alto una partitura donde estaban escritos sus reclamos.

No lo podía creer, si no lo estuviera viendo, pensaría que se trataba de la broma de alguno de mis amigos. Pero ahí estaba. Era testigo de la primera rebelión negra en el mundo de los pianos. 

Bueno desde el punto de vista de las teclas, porque los músicos ya lo habían hecho hace mucho tiempo.

El Ragtime, de procedencia negra, antecedente del Jazz que conocemos, ya comenzó a sonar en los Estados Unidos a fines del siglo XIX, lo que significaba el nacimiento de una corriente que influiría marcadamente en el desarrollo de la música norteamericana.

A principios del siglo XX, la música fue un camino de intercambio cultural, llegando inclusive a aceptarse la influencia que la música judía tuvo en el desarrollo del Jazz norteamericano. Inclusive la música latina aportó su ritmo y colorido a la música negra.

En el plano musical siempre existió una gran diferencia entre “negros” y “blancos”.

Hasta ahí las diferencias desde el punto de vista genético. Pero la manifestación ante la que me encontraba no tenía explicación.

Ustedes pensarán que estaba exagerando. De ninguna manera.

Empecé a preocuparme cuando vi a dos robustas teclas negras, tratando de ascender hacia la caja del piano. Me imaginé que su intención era tomar ciertas cuerdas como armas de agresión. En un momento hasta justifiqué la actitud, pensando que el tamaño de las negras y su número inferior admitían el armarse. Pero recapacité y traté de llegar al fondo del problema.

¿Era una actitud de protesta de las negras ante la noticia del racismo policial?

¿Eran las letras negras del periódico las que habían incitado a las teclas?

¿Por qué las teclas blancas, a pesar de ser mayoría, no se habían unido con el blanco del papel y dominado la situación?

Si desaparecía el papel, ¿Donde podían vivir las letras? Y si lo hacían las teclas blancas ¿Dónde se iban a sostener las negras?

Después de tranquilizarlas mediante un diapasón que tenía a mano, aproveché para recordarlas  que la relación que habían llevado, siempre había sido armónica; que era mejor que bajaran el tono para que todos podamos hacer nuestra labor. Nadie tocó la causa del revuelo y tuve que remontarme a sus antepasados los abuelos “clavicymbalum” y “harpsichordium”, para que comprendieran que las buenas relaciones mejoran la convivencia musical.

Mientras extendía mi perorata, de a poco fui retirando el periódico causante del problema y paulatinamente cada una tomó su lugar. 

Me parecía que las blancas estaban más estiradas y que las negras se habían achicado, pero cuando  empecé con la Sonata Nº 4 de Chopin, todas se tomaron de la mano y danzaron al ritmo que mi oído, aunque no mi habilidad, las imponía.

¿No sería que en el fondo todo fue un pretexto y que lo único que les molestaba era mi falta de habilidad?