CAPITULO 1
Llegando a casa, Wilson corrió a
brazos de su mamá, quien, con esa inconfundible sonrisa materna lo giró en el
aire como alborozada bandera de instintivo amor.
— ¿Cómo le ha ido a mi estudiante preferido?
—Bien mamita, he aprendido mucho… Mi maestro es
muy bueno. ¿Cómo se llama mi maestro?
—Cómo no te vas acordar, si ya tienes dos meses
en segundo grado, se llama Juan.
—Sí, yo sé que es el maestro Juan…, pero no me
acuerdo el apellido, mamita.
— ¿Juan… qué? También me olvidé, no puede ser.
Ayer hablábamos de él con Susanita.
— ¿Cuál Susanita?
—Susanita…, la mamá de Santiago, ¿Qué apellido
es? No importa, vaya a lavarse las manos
y venga a comer una fruta.
Trataba de disimular la turbación que le causaba
el haberse olvidado de los apellidos del profesor y de su amiga.
Mientas preparaba la comida, Teresa hacía
notorios esfuerzos para acordarse infructuosamente de aquellos dos apellidos.
A mediodía llegó Hernán, su marido.
Era empleado público, lo que le permitía ir a su casa todos los días para almorzar.
Mientras degustaban el saludable refrigerio,
Teresa comentó la pérdida de memoria; bueno, su específica pérdida de memoria,
porque solamente había olvidado los apellidos de estas dos personas, todo lo
demás lo tenía claro.
Sin inmutarse, Hernán, que era director del
Registro Civil, ofreció traer en la noche el listado de apelativos del pueblo,
para que Teresa pueda recordar los apellidos olvidados.
Durante toda la tarde Teresa esperó ansiosa el
listado para salir de un sinsabor que empezaba a atormentarla.
Hernán acostumbraba llegar siempre
alrededor de las siete de la noche, pero esta vez, Teresa, impaciente, lo
esperaba desde las seis y media.
Cuando llegó, solamente comentó con
parsimonia: —Este es el listado completo de los apellidos del pueblo. Mañana
puedes repasarlos para refrescar tu memoria. Ahora lo único que quiero es compartir con mi familia
una gran noticia: me han propuesto que sea candidato a Alcalde y quiero que me
aconsejen para tomar una decisión. Tengo hasta fin de semana para dar una
respuesta.
Después de una agotadora noche, en
donde la búsqueda de apellidos fue un trabajo inconsciente de su cerebro,
Teresa despertó más cansada que nunca y con la idea fija de sentarse a leer la
lista de apelativos del pueblo.
En cuanto despachó a Wilson y Hernán a sus
respectivas obligaciones, se preparó una aromática taza de café y se apoltronó
en la sala. Su esposo había traído un sobre de formato A4 donde Teresa esperaba
encontrar la respuesta a su problema. Con una inhalación forzada de aire en los
pulmones, procedió a abrir el embalaje, pero se sobresaltó al comprobar que el
sobre estaba vacío.
Balbuceando improperios telefoneó a
su esposo:
— ¿Te estás burlando de mí? ¿Me trajiste un
sobre vacío?
— ¿Cómo te imaginas? Estaban unos veinte folios
con todos los apellidos de los habitantes del pueblo. Yo mismo he cerrado el
sobre antes de llevártelo.
—Pues, cuando lo he abierto, el sobre estaba
vacío.
—Permíteme chequear en la oficina y
en el carro, pero estoy seguro de que había puesto la información en el sobre. No te impacientes, a medio día conversamos.
Un repentino flash cruzó por la mente de
Teresa: “¿Este no será como el problema que tuvimos el año pasado?”
Desconsolada cerró la comunicación y remordió
sus dientes mientras pataleaba y fruncía todos los músculos de su rostro.
Volvió a discar.
—Susanita, disculpa que te moleste. ¿Podrías
pasar por mi casa lo más pronto posible?
Mientras se vestía para recibir a su amiga que
vivía junto a ella, tornó el enojo que tenía con su marido, por pánico: no era
la primera vez que algo extraño sucedía en su casa.
Cuando llegó su amiga, le contó su problema.
Susana no entendía.
Solamente empezó a comprender cuando Teresa le
pidió que le diga su apellido, el de su marido o el de su mamá.
Susana lo intentó infructuosamente.
—Tienes razón, aquí hay algo raro.
Dijeron todos los nombres conocidos,
pero no pudieron decir ni un apellido.
Entonces con Susana recordaron el extraño
acontecimiento del año pasado: un día desapareció el color azul. Todos los muebles,
paredes, mariposas, sabores y elefantes de color azul, cambiaron a un color
diferente y durante veinticuatro horas no hubo nada, ni el cielo, que fuera
azul en esa casa.
Un ufólogo conocido les explicó que su casa
estaba en los límites de dos dimensiones y que en esa frontera pasaban cosas
extrañas cada cierto tiempo.
¿Sería coincidencia que el año pasado Hernán
trabajara en una fábrica de pinturas y ahora en el Registro Civil?
Su preocupación aumentó al acordarse que su
esposo había recibido una propuesta para entrar en la política.
¿Podría ella soportar el evento que la política
desencadenaría en la frontera de las dimensiones?
Las dos se estremecieron.
Las conjeturas y las suposiciones iban sumiendo
a las dos amigas en un estado de desesperación.
Susana había sido testigo de la
pérdida del azul y siempre había culpado
a su memoria de hacerla creer que eso había pasado. Incluso había
clasificado el episodio como un lapsus y lo había archivado; pero ahora su amiga lo ponía sobre el tapete y todo volvía
a su memoria.
Trató de convencer a Teresa, de que
lo de ahora era un equívoco, una confusión y que al medio día cuando regrese
Hernán todo volvería a la normalidad. Tras dos tazas de café y una hora de charla
trivial, terminaron olvidándose del tema.
A las once y veintitrés minutos,
sonó el teléfono, era Hernán:
—Teresa, no te alteres, pero ha
sucedido algo extraño, los archivos del Registro Civil, todos los archivos,
están vacíos. Cuando he ido a sacar una copia para llevártelos a la casa, me he
encontrado con que no hay un solo apellido. Hay una colección interminable de
nombres, pero ningún apellido. Incluso he reclamado iracundo a mi secretaria la
señorita… ¿Qué apellido es mi secretaria?
Susana vio como Teresa palidecía con
el auricular en la mano y se desmayaba.
CONTINUARA….