viernes, 24 de abril de 2015

DALI, escrito con los nombres de sus cuadros


EL FANTASMA DE DALÍ



No recuerdo bien si fue sirviendo un vaso de agua o sacando al gato fuera de la casa, pero de reojo sentí su presencia etérea.


Era un sábado en la noche y mientras acomodaba una silla que quería salir volando sentí que se me erizó el bigote y me saltaron los ojos.


Íbamos a una gala de la Virgen del Cisne, pero los elefantes aún no habían afilado sus patas y no tenían los tres metros de largo necesarios para evitar el tráfico.


Todavía podíamos esperar, el reloj blando en el momento de su primera explosión no indicaba el devenir geológico.


Mientras esperaba a Galatea de las esferas  que arregle su Corpus hypercubus, me preparé una construcción blanda con judías hervidas, acompañadas de unos huevos fritos en un plato sin el plato.


No entendía por qué tenía tanta hambre, pero me imagino que fue la visión del portarretrato de Gala con dos chuletas de cordero sobre sus hombros lo que me abrió el apetito.


Cuando las judías estuvieron listas, busqué una cuchara en la ciudad de los cajones; de pronto se produjo el momento sublime de ver al niño geopolítico, observando el nacimiento del hombre nuevo.


Cuando hube saciado mi hambre pude comprobar que la miel es más dulce que la sangre.


Salimos de casa caminando, anochecía, se divisaban los vestigios atávicos después de la lluvia, pude ver una muchacha en la ventana, que parecía un monumento imperial a la mujer niña.


Al voltear la esquina de la paranoia crítica, pudimos observar la osificación prematura de una estación ferroviaria, mientras un instrumento masoquista que simulaba el espectro del sex-appeal, se divertía con una necrofílica manando de un piano de cola.


Era un paisaje pagano promedio, donde entre un canibalismo otoñal y la reminiscencia arqueológica del ángelus de Millet, se producía la metamorfosis de Narciso en una mujer con cabeza de rosas.


Gala, simulando ser la Madona de Port Lligat, se subió en una jirafa ardiendo y después de cruzar el puente roto del sueño llegó a la estación de Perpiñan.


La recibió el toreador alucinógeno quien montaba un elefante-jirafa y como en la apoteosis de Homero, en un coloquio sentimental que parecía el simulacro transparente de la falsa, se descubrió el enigma sin fin del presagio de la guerra civil.


Minerva loca, había bajado de la jirafa de Avignon y sobre la cama y dos mesitas atacaba ferozmente a un violonchelo.


Era el fin de la Batalla de Tetuán para Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domenech, marqués de Dalí y Púbol.



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